Saturday, December 28, 2013

Hombre Bala



I

Pese al eslogan que se agitaba en su banderola (“Verolina, cien años de buen circo”), el negocio de Benítez apenas rebasaba los ocho años. Años difíciles, resistidos gracias a su tenacidad y su olfato para recoger de la calle talentos incomprendidos que florecían bajo la carpa comprada a precio de remate al Verdadero Circo de los Hermanos Gasca.  Las funciones diarias se sucedían casi idénticas. Acomodado el público en sillas y enclenques graderías, se apagaban las luces, sólo unos segundos, para crear suspenso, para que se oyera mejor al mago que, con voz de frutero, anunciaba: “Buenas noches damas y caballeros, niños y niñas ¡Bienvenidos al Circo Verolina!”. Benítez lo había llamado así para honrar al Circo Verolina Europeo, héroe casual en el desastre de Yungay, cuyo elevado emplazamiento salvó del aluvión a los asistentes y convirtió su nombre en leyenda, que fue saqueada sin ningún escrúpulo por una veintena de circos veloz y oportunamente rebautizados (banderola de palmeras enterradas hasta el cuello, pampa de pedruscos e inexplicable volcán en el horizonte: “El auténtico de Yungay”). Cuando el mago eligió el nombre hacía tiempo que el modelo había sido olvidado; en su gesto sólo había legítima admiración, ambiciones cosmopolitas y un sincero deseo de entretener, que los años le fueron diluyendo y reemplazando por frecuentes ataques de autocompasión, especialmente cuando a falta de conejos o cuyes no le quedaba sino sacar gallinas de su chistera y tenía que anunciar los números siguientes con la calva cubierta por un sombrero pestilente y mugriento.
Benítez había adquirido el gusto por la vida nómada en sus años con la Peña Ferrando, esa tropa de jóvenes valores y viejas glorias que, en gira permanente por el país, tres veces por semana ponía a prueba su capacidad de emocionar a un público no tan exigente como imprevisible. Ahí Benítez fue Blacamán hasta que le reclamaron el seudónimo a golpes y se hizo Fumanchú, con bata y sayonaras, ahí aprendió que el éxito olía a sudor, que no era nadie quien no conseguía hacer transpirar al público. Todavía llevaba en su memoria, como eslogan secreto de sus giras circenses, los versos que oyó noche a noche repetir a Carvajal, el sufrido poeta de la Peña: “¡Sea como fuere, sea por donde fuere, partir! Largarse por ahí, entre las olas, en el peligro en el mar.  ¡Ir, ir, ir, ir con todo!” (“!vete, pues, con-chatumadre!”—añadía Ferrando para darle sentido a tanta parrafada y confirmar a los asistentes que todo aquello no podía sino ser broma). Pero toda su experiencia se le hizo inútil cuando la prolongadísima gira del Verolina por el Sur Chico, que había mantenido alimentado al personal de su circo, había llegado a un punto muerto. La plata pronto no alcanzaría ni para el transporte. La tradición, sabía Benítez, ofrecía dos caminos posibles. El primero, desbandar el circo; venderlo todo, repartir el capital si diera para tanto; separarse en el arenal, oyendo un acordeón imaginario; quedarse solo, sentado sobre la caja de fruta que contendrá su traje, su chistera y la baqueta de tarola pintada de negro y dorado que es su varita mágica.  El segundo, añadir al espectáculo (gracias a un arrebato de inspiración) un número nuevo capaz de repletar la carpa; un sueño, en pocas palabras; ni los perros saltarines ni los cuyes acrobáticos que el Hombre Limón robaba a otros circos habían servido para atraer más público.


II

Inspiración y desesperación, genuinas ambas, habrían de llegar juntas una noche a medio show, cuando una veintena de hombres y mujeres vestidos de overol, unos disimulados entre el público y otros colados bajo la carpa, saltaron sorpresivamente sobre la pista y, sin darse el trabajo de sacar las pistolas, redujeron al elenco a golpes de palo y amenazas de cuchillo para presentar su propio espectáculo. Los programas en papel bulki, uno para cada espectador, anunciaban los poemas, cuentos, canciones y bailes a cuyo poder soporífero iban cediendo los niños cuando el poeta y quizás líder del grupo empezó a formar un montón al centro de la arena con los disfraces de los payasos y el traje de Godzilla; luego siguieron la bata del científico loco, el uniforme de Super Niño (un short de educación física y un wetsut recortado, con el logo pintado a brocha) y los Mickey Mouse de cartón que colocaban de guardia ante los improvisados corredores de sillas. Poco faltó para que coronaran el montón con el mismísimo Benítez (“lacayo de la plutocracia”) pero al final se limitaron a darle un par de bofetadas y arrojar su traje de mago y su chistera. No se percataron de su falso bigote.
Benítez, en calzoncillos y panza al suelo, vio el fuego, el sonoro anuncio de la explosión en boca del poeta, su asistente blandiendo un cartucho encendido y el resto del personal apuntando al estimable con armas de fuego varias, para evitar la estampida; el público con el rostro contra las rodillas pero no tanto, para dejar al menos un ojo atento a los eventos; la explosión por fin, retazos de tela, esquirlas de narices de payaso hechas de bolas de pimpón pintadas con látex rojo.
“Pólvora y sudor” olió Benítez, llovido de mínimas brasas que al rozarlo se hacían ceniza, atento a los aplausos frenéticos, los ojos brillantes y paralizados sobre la masa que humeaba al centro de la pista, los rugidos a boca enorme (incisivos, caninos, premolares, todos visibles). Eso era el verdadero éxito, no la larga “O” que obtenía el tragaespadas cuando se hacía cosquillas en el colon con la legítima espada del libertador Bolívar, ni las risas nerviosas pero abundantes que el Payaso Momia le sacaba al público mientras iba despojándose su vendas.
El balance de las pérdidas incluyó, aparte de los objetos dinamitados, la motocicleta acrobática, las ganancias del día, las tres viejas gallinas del número de magia y el Hombre Limón (que en un número que despertaba reacciones encontradas pero nunca indiferencia se exprimía diversas partes del cuerpo—mejilla, antebrazo, muslo— hasta llenar sin dificultad una jarra de tamaño mediano a la que luego añadía azúcar, hielo y hacía circular entre el público), quien se evaporó con todas sus pertenencias y algunas de las de sus colegas. Benítez tuvo que sobrellevar los meses siguientes vistiendo un frac de papel crepé y una chistera de cartulina que había que reemplazar después de cada función. El circo cambió los mickeys por panteras rosas, vistió a superniño de Abeja Maya y compensó la falta de Godzilla con un furioso motelo llamado Gamera, que al igual que el otro monstruo solía arrasar Tokio. En uno de los números del circo, Benítez domaba a Gamera tan sólo con el poder de su mirada, unas cuantas órdenes y algunos latigazos bien puestos. No era que faltaran animales: el cartel incluía un loro adivinador, un par de boas adolescentes y pacíficas, un delfín invisible y un zorro cantante, que no era más que un foxterrier chato, orejón y melancólico al que explicablemente le bastaba oír una nota del organillo eléctrico para empezar a despachar conmovedores aullidos.
 “Es la hora de las explosiones”, sentenció Benítez, como si se tratara de una nueva moda, otro de esos bailes a los que hay que aprender a seguirles los pasos bajo la amenaza del aburrimiento o la soledad. Pero la explosión por la explosión—se equivocaba Benítez—no cabía en un circo y había que hallar una forma adecuada de incorporarla entre los números. No le fue difícil encontrar la solución entre los clásicos del repertorio circense: un hombre bala, que combinaría la efectividad del bombazo justificada por una elegante trayectoria aérea. Tampoco fue difícil pensar en alguien de poco peso y suficiente agilidad para el papel; las propias circunstancias ya lo habían elegido: Zelmiro Gallo, antes motociclista-enmascarado y ahora irremediablemente sin moto, era el hombre bala ideal.  Pero antes que nada había que conseguir el cañón. El hombre de las dos caras (una de las cuales era una carnosidad congénita en el cachete que vista a cierta distancia parecía adicionales nariz y permanente sonrisa) anunció, para sorpresa general, que él sabía cómo conseguirlo, que lo único que necesitaba era plata (“ni tanta, si tenemos en cuenta la que vamos a ganar”). La posibilidad animó a Benítez y lo lanzó a una campaña que comenzó con la hipoteca de la carpa y el equipo de sonido (tres parlantes, un amplificador Philco y dos micrófonos).


III

En los meses que siguieron a la primera explosión, mientras la ruta del circo se iba llenando de grietas que un día se tragaban el palo mayor de la carpa y otro a un payaso (Margarino, evaporado en la mudanza de un distrito a otro, todavía maquillado), el mago se mantuvo concentrado en un plano en el que sólo la llegada del cañón era tema y lo demás una cáscara que a veces se sacaba con facilidad y otras se resignaba a dejar negrear, acosado por nubes de moscas verdes. No parecían importarle ni las costras, rayas y moretones que le habían dejado dos visitas; visitas que habían empezado a crearle un halo de peligro al circo y a ahuyentar al público. Pocos padres estaban dispuestos a ver a sus hijos formados en la arena cantando ante la luz de los reflectores y el brillo de las metralletas. “Nos están chequeando, mejor vamos tranquilos nomás” anunció con nueva autoridad el Payaso Momia, el mago no se preocupó por entender a qué tranquilidad se refería aunque por si acaso hizo pintar gruesas rayas blancas sobre la carpa roja imitando el dibujo de los caramelos de menta. El día que se llevaron a Margarino, cargaron también con dos adolescentes y una mujer; echaron abajo la carpa y deshicieron a golpes al mago (“diviérteme payaso”) luego de llenarlo de preguntas que no supo contestar. Y aunque el mundo no dejaba de dar coletazos; Benítez porfiaba en ignorarlo y seguir mirando en dirección del cañón.

IV

El último tramo, el más breve, lo hicieron a oscuras. Junto a la carpa aguardaban los malabaristas y Zelmiro Gallo, ni un alma más. Doscaras se mantuvo al volante y Benítez bajó de un salto para ayudar a plegar unos metros de carpa entre los que pasó el camión; sólo adentro se encendieron luces. Escarbaron en silencio hasta dejar el cañón al descubierto, que se deslizó con relativa facilidad sobre su cama de bolsas de basura y cayó con un sonido sordo a sólo un metro del que sería su lugar de emplazamiento; y pese a la pestilencia (que más tarde hubo que rascarle con arena) Doscaras lo besó con su boca falsa, luego  volvió al camión y se lanzó sobre la noche a buscar la ruta de regreso.  Anselmo Benítez, dueño, director, maestro de ceremonias y mago del circo Verolina esperó quedarse a solas con el cañón para susurrarle “bienvenido” e intentar un abrazo de antemano imposible.

Bajo la pobre luz del amanecer, mientras la humedad se condensaba en pequeños charcos, Benítez veía colorearse, lento, la vieja pieza de artillería; un verde nada marcial; por el contrario, un verde deslumbrante de plumón resaltador, como el que iluminaba esos carteles de eventos musicales junto a los que el del circo quedaba inevitablemente relegado a un segundo plano. Pero Doscaras había jurado que la carga venía directamente del cuartel y que venía en perfecto estado y lista para ponerse en acción, cosa que había aliviado al mago, cuyo bolsillo no estaba como para gastar pólvora en ensayos; pero una cosa era un legítimo cañón militar preparado para el tiro, bien engrasado, y otra un armatoste fosforescente e inútil agotado de kermesses y despedidas de soltero. Benítez abrió la escotilla, frotó un índice contra el mecanismo del riel y lo sacó untado de una grasa todavía olorosa a petróleo y mantequilla.
 “Provoca persignarse”, dijo Lina la Bailarina (o la Increíble Mujer Plástica, dependiendo del acto); a solas se habría arrodillado. El Payaso Momia le daba afectuosos manazos al venerable cañón Duilio; “monstruo” le susurraba. Los malabaristas hacían equilibrio, yendo y viniendo sobre el enorme tubo. Zelmiro introducía un brazo por el agujero, luego la cabeza. Benítez, mientras tanto repetía a quien se le cruzara “esto sí que son palabras mayores, ahora sí que nos vamos arriba”, aunque nadie más que él necesitara esas palabras de ánimo, confianza en que todo iba a funcionar, porque su optimismo no había dejado de amanecer cubierto por una película de humedad sucia desde que Doscaras se evaporó con camión y todo luego del traslado. Ya habían pasado por la carpa dos mujeres preguntando por él, una que aseguraba ser su madre (“muy joven”, pensó el mago) otra que juraba ser la madre de sus hijos; “imposible”, dijo Benítez, y siguió repitiendo hasta aburrir al elenco que había llegado el momento de dar el gran salto, porque un hombre bala ya eran palabras mayores y él, sólo él sería la puerta al anhelado tour internacional que les abriría las puertas del mundo o al menos las puertas de Bolivia, por donde llegarían a Argentina y de ahí al mundo. “Doble ración para Zelmiro”, anunció Benítez; los demás aprobaron con un aplauso.


V

Pero Zelmiro no llegaba. Y el público se puso de pie a batir palmas, pero de las otras, las de protesta, las peligrosas. Una tribuna empezó a zapatear y la estructura se vino abajo sin mayor daño que una clavícula y un par de brazos rotos y un regadero de palos con los que se empezaron a armar los más furiosos ¿por qué no aparecían los de los overoles ahora mismo—pensó el mago—o cualquiera de los otros, que seguro también tendrían un as bajo la manga, o un arsenal de granadas sin anilla que poner a disposición del estimable. Y Zelmiro sin aparecer.
Benítez, con un gesto de Moisés, detuvo al público que amenazaba con ahogarlos: “Querido público, amigos todos; por fin, lo que todos esperaban… lo que todos esperábamos! (silencio general) ¡El hombre balaa!” Aplausos, pocos, algo incrédulos; murmullos mientras el mago cruza la pista y atraviesa desafiante a la población para llegar hasta el maletín deportivo  que custodiaba fiel el Zorro Cantante. De ahí extrajo una casaca coloreada del mismo tono que el cañón, un casco de motociclista y unas botas de gasfitero. Se arrancó el frac de papel, se sacó (por primera vez, para todos ustedes) el bigote falso.
Reconoció entre el público, ahora sí, al poeta de overol, vio los cartuchos abultándole el bolsillo, también creyó ver a Doscaras, flanqueado por su madre y la madre de sus hijos; el Hombre Limón se escondía tras la viga de una de las graderías. El silencio se había vuelto un clamor y un aplauso estruendoso; el público se desplazó de modo de no perder de vista la trayectoria completa del hombre bala.
“¡Ir para Lejos, ir para Fuera, hacía la Distancia Abstracta, indefinidamente, en las noches misteriosas y hondas, llevando, como el polvo, por los vientos, por los vendavales!”, dijo Benítez, recordando a Carvajal, a quien también creyó ver entre el público.
“Silencio, por favor”, pidió el Payaso Momia, improvisado maestro de ceremonias. Tocó el organito una música de suspenso, aulló el Zorro Cantante, Lina la Bailarina encendió la mecha. “!Un momento!” gritó alguien entre el público, quizás Zelmiro, pero no le dio el tiempo para hacerse ver ni oír, porque la explosión conmocionó tanto a los espectadores que, después de ese relámpago de carne fosforescente y pulverizada que impregnó a cada uno, después de una interminable ronda de aplausos que hizo sangrar más de una mano, es decir, cuando por fin recuperaron la plena conciencia, todo se llenó de gritos de padres buscando a sus hijos, niños corriendo en círculos, llorando a todo pulmón, extendiendo los brazos al aire.
(2005)

Thursday, July 5, 2012


En la catedral de C, las lápidas hacen del suelo de la nave una enorme página de historieta. Puede no entenderse lo que esa sucesión de viñetas pretenda narrar; lo que está muy claro es que el relato está ahí, en la superficie; no bajo tierra.

En otras iglesias, en cambio, las lápidas parecen piezas de dominó regadas sobre una mesa. Consta que en F el desorden de las losas es sólo aparente: las posiciones de las piedras deciden cuáles se atraen y cuáles se repelen entre sí.